29 de mayo de 2012

Aspirantes aceptados en el Seminario de Fotografía Contemporánea 2012


Los aspirantes acepados para formar parte del Seminario de Fotografía Contemporánea 2012 son:


Grupo del Centro de la Imagen (D.F.)


Alejandro Saldívar Chávez
Alfredo Esparza
Diego Pascal
Elisa Rugo
Jerónimo Palomares
Luana Navarro
Manuel Gutiérrez Garrido
Melba Arellano
Michael Willöfer
Patricia Córdova Flores
Salvador Castañeda Hernández



Grupo del Centro de las Artes de San Agustín (Oaxaca)

Alejandro Tello
Ariel Silva
Berenice Guraieb
Carlos Salvador Gómez Caravantes
Eduardo Díaz
Julio César Barrita Sierra
Luna Marán
Mariana Sánchez Alday
Maricarmen Salvatierra
Roberto Carmargo Pérez
Rosaura Pozos

28 de mayo de 2012

Sobre "dar el ver"


Me hubiera gustado mucho aprender a escribir por lo menos en grado aceptable y convivir de mejor manera con la ortografía, la redacción, la sintaxis y tantas otras cosas que tan admirablemente emplean los oficiantes del lenguaje escrito; no resultó así, sin embargo como individuo tengo la necesidad de expresar literalmente algunas ideas para comunicarme con mis congéneres. Así que ante esta limitación, debo advertir que probablemente habrá aquí algo sin claridad, incorrecto o simplemente expresado de manera inadecuada, no ofrezco disculpa alguna por esto ya que no tengo ninguna intención de ofrecer un texto literario. Simplemente se trata de una reflexión que me ha sido útil en el desarrollo de mi oficio. 


Sobre "dar el ver"
Jesús Sánchez Uribe

A lo largo de mi andar por los caminos y veredas del quehacer fotográfico, se ha presentado continuamente un preguntarme acerca de: “El ver”; ¿Qué es? ¿Cómo es? ¿Cómo surge, se desarrolla y se apodera de uno mismo? En este cuestionamiento casi nada se ha resuelto y siguen por ahí revoloteando dentro de mi cabeza varias ideas al respecto, una de ellas y a la que ahora quiero referirme es la de : “Dar el ver”.

Debo admitir que este concepto lo robé de otros, como suele suceder casi siempre con eso que llamamos ideas, a veces no es precisamente un robo sino un cosechar la semilla que alguien más sembró, lo novedoso no surge normalmente solo, por lo general hay antecedentes. En cierta ocasión, en la exhibición de un fotógrafo, escuché casualmente que alguien decía sobre quien exponía que nos estaba dando su visión. Sé muy bien que esto no es nada nuevo y que ni siquiera podría ser significativo, pero a partir de entonces comencé a tener inquietud por la idea de: ofrecer una visión.

Lo más elemental y por donde casi siempre se comienza es por mostrar a otros lo que se ha visto, pero este sencillo acto no es precisamente un dar; en mucho parece más un pedir y una manera de decir: aquí estoy, sobre todo cuando lo que se ha visto se muestra en un ámbito de intrascendencia. En demasiadas ocasiones lo que se presenta es lo que muchos otros pueden ver con sus propios ojos y teniendo esto un cierto sentido de banalidad parecería que carece de sentido mostrarlo. Así mismo, dado que la materia prima básica del fotógrafo es todo aquello que en nuestro entorno es visible y común a todo ser humano, no sorprende que se encuentren excesivas imágenes que repitiéndose nos dicen muchas veces lo mismo y de la misma manera; lo que ha sido durante mucho tiempo una práctica común.

Podemos entonces pensar que el dar el ver es algo más, y aunque se origine en el acto de mirar/mostrar, de alguna manera trasciende lo elemental perceptible y abre la puerta para experimentar una conexión con la génesis de algún pensamiento o idea, si no precisamente innovadora o revolucionaria, sí al menos singular, desafiante, emotiva y capaz de dar pie a uno de los principios fundamentales del entendimiento de lo visual: la atención

Esta atención, que debe ser condición permanente en quien por voluntad se dedica a ver, puede permitir que el individuo se convierta en un “Veedor de oficio”. La calidad de su o sus visiones dependerá obviamente de los ya muy conocidos parámetros: medio ambiente, información, educación, sensibilidad, intuición, etc. Pero a mi parecer son preponderantes el ánimo visual y la voluntad de convertirse en veedor. Llegar a serlo puede tardar una vida o simplemente nunca darse, por eso es fundamental estar permanentemente ahí, entablando un romance intenso, profundo y sobre todo fiel entre nuestra propia individualidad  y la materia visible de nuestro interés.

La familiaridad con las fotografías nos hace creer que cualquiera las puede leer y valorar adecuadamente pero en realidad esto no es así. Cuando encontramos imágenes que no se contentan con la descripción de lo que estuvo frente a la lente y que buscan, sugieren, esconden, trastocan y hasta desafían ideas o conceptos,  las llegamos a asumir  si no han sido rechazadas, como intrigantes, estimulantes, motivadoras o por lo menos raras, y es en ellas mismas donde al poner atención, comienza la ruta de esa necesaria voluntad de ver.

Al ir recorriendo esta vereda nos iremos topando con la exigencia de reconocer una multiplicidad de usos y propósitos que conllevan las imágenes y comprender que la fotografía puede decir más de lo que muestra cuando es ejercida desde el intento de oficio del veedor. Aparecen las fotografías con presencia y esplendor, a veces convertidas en estruendo o en susurro, pero siempre inquietantes. Sin embargo, el ser fuerte visualmente no es privativo del hacedor de imágenes; las cosas mismas que desean ser vistas y fotografiadas son posteriormente revertidas por el veedor-fotógrafo hacia el espectador, quien en su flirteo con esa nueva cosa (la imagen), puede eventualmente dejarse cautivar y así desarrollar la capacidad de sentir, percibir, reconocer e interpretar con razón y verdad, convirtiéndose a sí mismo también en un veedor; y si el ojo le llega a quedar enamorado deseará siempre asomarse a la ventana sin importar qué tan pequeña sea.

De algún modo el dedicarse a ver implica el riesgo de aventar la mirada para que busque por sí misma en lo matérico-visible todo aquello susceptible de contener nuestro propósito y ánimo. En este intento, la mirada puede llegar a dispersarse, enfriarse o simplemente extraviarse, lo que sería una lástima pero es parte del riesgo que se corre. Por otro lado, cuando la mirada es vehemente y poderosa puede concentrarse, unificarse, crecer y llegar a labrar su propio camino y es en este hecho donde se vislumbra el verdadero sentido de la aventura, que no es otro que: verse uno mismo. Éste llegar a la esencia de las cosas vistas es lo que nos permite considerar que bien vale la pena el esfuerzo para abrir el corazón que habita en nuestra mirada y con toda pasión convertir nuestro ver en un profundo acto de fe.

Podríamos también decir que por necesidad vocativa y desarrollo de consciencia, esta acción de dar el ver se transforma en cierta fortaleza del “Yo”  interno, donde se adivina e infiere desde toda circunstancia visual todo un universo de gran posibilidad interpretativa; sencillo o complejo, concreto o abstracto y directo o indirecto, pero casi siempre con un fuerte carácter simbólico, que en su multiplicidad de tránsito le da razón a la verdad del veedor. Pero parece ser que para que esto tenga efecto son necesarias sobre todo condiciones de actitud y convicción que permitan el desarrollo del trabajo individual con honestidad y una responsable y clara identidad de propósito. En muchísimos ejemplos de trabajo desarrollado por quienes han sabido darnos su visión, invariablemente nos encontramos con esas imágenes que independientemente de tema, forma y contenido, manifiestan vigorosamente razón y verdad; es decir, son fotografías que no se equivocan y con ello nos permiten asomarnos a la esencia del autor.

En este acto de voluntad cognoscitiva se le da connotación y contenido a las apariencias visuales de lo real y surge casi de manera inmediata el símbolo. Esto no es de extrañarse ya que en nuestra cotidiana relación con el entorno, constantemente y por costumbre nos relacionamos básicamente con un lenguaje simbólico utilitario y generalizado, el cual es poco percibido y comprendido a pesar de su fuerte influencia. Muchos símbolos son comunes a un grupo social determinado, o los encontramos con la especificidad de diversos campos de actividad humana y aunque no sean homologables entre sí, al conocerlos y entenderlos sabemos qué es aquello a que se refieren. No obstante, en el trabajo creativo individual el símbolo como tal y sólo como eso, se inserta en un espacio diferente de conceptualización, se presentan con otros significantes, alternos y diversos y algunos con un carácter tan personal y específico que casi como por arte de magia se convierten en alguna otra cosa sinérgica que no sé cómo nombrar, pero son reconocibles como sellos personales. 

Esto plantea en términos amplios problemas de comprensión porque cada creador produce de alguna manera sus propios símbolos específicos y particulares y muchas veces hasta polivalentes. Es aquí donde la dificultad se agiganta. Al no comprender o reconocer dichos símbolos con cierta inmediatez, entran en juego la sensibilidad, la intuición y otras  percepciones subjetivas y en una extraña actitud y rara suerte del espíritu comenzamos, por decirlo de alguna manera, a simbolizar los símbolos, confiriéndoles al menos una jerarquía y un valor que nos permite entenderlos por lo menos como rastros en el intento del veedor¬¬ de hacer reaccionar a la materia para que se descubra el universo visual que se le oculta al hombre. Y quizá el verdadero sentido de los símbolos visuales no sea otro sino el de llegar al corazón de las cosas vistas.  (Escencia Semper secretis).

El fenómeno de descubrir lo oculto comienza por la génesis de la imaginación y ocurre dentro del proceso cerebral de la formación de las sinapsis neuronales. Toda idea o conocimiento que se adquiere se procesa dentro del cerebro como una imagen, aun el invidente sin referencias directas a lo visual configura en su cerebro sus propias imágenes. Cuando alguien se dedica a las acciones del ver, en realidad está reconociendo, asociando e identificando la materia visual con sus propias concepciones, ideas y hasta sensaciones que han sido previamente codificadas en su cerebro en una forma de sublimación imaginaria. Todo lo que nos atrae en términos de hallazgo y es digno de ser transcrito al lenguaje visual (imágenes en general), en cierto modo ya estaba ahí. En virtud de la calidad con la que el cerebro decante la gran cantidad de información, podríamos decir que aprendemos a ejercer cierto grado de control; se decide, se selecciona y se confiere significado a todo lo que vamos percibiendo al ver. Hay una imaginación que piensa y siente para reconocer la sustancia oculta en lo visible y de cierto modo enciende la maquina creativa. 

Si somos atraídos hacia alguna de las muchas maneras de ejercer la visión y nos es posible recuperar y ejercer nuestra capacidad de asombro para ir un poco más allá de aquello que esperamos ver, estaremos entonces en el camino de una de las más bellas y significativas verdades del oficio del veedor, que es simplemente:  imaginar la imagen.



Jesús Sánchez Uribe
Julio 2009

Texto escrito para el libro "Yo adentro", que participó en la Feria Internacional del Libro de Artista 2009 del Centro de la Imagen.